The Machiavelli Covenant

Allan Folsom
La conspiración Maquiavelo

ISBN-978-84-96791-18-3

 

A la venta el 7 de mayo de 2007

DOMINGO 3 DE ABRIL

1

Washington, D.C.
Hospital Universitario George Washington
Unidad de Cuidados Intensivos, 22:10 h

 

El lento bombeo del corazón de Nicholas Marten sonaba como un tambor oculto en algún rincón de su interior. Su propia respiración, al inhalar y exhalar, resonaba como si se tratara de la banda sonora de una película. Lo mismo que el sonido de la respiración dificultosa de Caroline,tumbada en la cama junto a él. Por la que debía de ser la décima vez en pocos minutos, la miró. La mujer tenía los ojos cerrados, como antes, y su mano descansaba delicadamente en la de él. A juzgar por la escasa vida que había en ella, bien podía haberse tratado de un guante, sin más.
¿Cuánto tiempo llevaba en Washington? ¿Dos días? ¿Tres? Había volado desde Manchester, Inglaterra, donde tenía su hogar, casi inmediatamente después de la llamada de Caroline pidiéndole que fuera.
En el minuto en que oyó su voz supo que algo terrible había ocurrido: era una voz llena de pavor, miedo e indefensión. Enseguida le explicó de qué se trataba: sufría una infección muy agresiva de estafilococos contra
la cual no había tratamiento, y le habían pronosticado unos pocos días de vida. Con todo el horror y el asombro del asunto, su voz todavía transmitía algo más. Rabia. Le habían hecho algo, le dijo, susurrando de pronto como si temiera que alguien pudiera oírla. Fuera lo que fuera lo que los médicos hubieran dicho o fueran a decir, ella estaba convencida de que la infección que la estaba matando había sido provocada por unas bacterias que le habían inoculado deliberadamente. En aquel momento, a juzgar por los ruidos que se oyeron de fondo, alguien entró en la habitación.
La mujer acabó la conversación bruscamente con la súplica urgente de
que fuera a verla a Washington y luego colgó el teléfono. Él no supo qué pensar. Lo único que sabía era que Caroline estaba terriblemente asustada y que su situación era todavía peor debido a las recientes muertes de su marido y de su hijo de doce años, cuando el avión privado en el que viajaban ambos se estrelló frente a las costas de California.Teniendo en cuenta el desgaste físico y emocional que esos trágicos acontecimientos le habrían ocasionado, y sin disponer de
más información, a Marten le resultó imposible saber si había alguna base en las sospechas de Caroline. De todos modos, la realidad era que ella estaba gravemente enferma y le reclamaba a su lado.Y por todo lo
que había percibido en su voz, supo que lo mejor era que fuera a verla lo antes posible. Y lo hizo. El mismo día voló desde Manchester, en el norte de Inglaterra, a Londres, y de allí a Washington D.C. En el aeropuerto Dulles International tomó un taxi directamente al hospital y luego reservó habitación en un hotel cercano. El hecho de que Caroline supiera su verdadera identidad y el riesgo que le había hecho correr al pedirle que regresara a los Estados Unidos no salió en la conversación. No fue necesario. Jamás se lo habría pedido si algo terrible no estuviera
pasando. De modo que regresó apresuradamente al país que cuatro años antes había abandonado temiendo por su vida y la de su hermana. Regresó —después de tanto tiempo y de los distintos rumbos que sus vidas
habían tomado— porque Caroline había sido y seguía siendo su único amor verdadero. La amaba más que a cualquier otra mujer que jamás hubiera conocido y de una manera que le resultaba imposible de
racionalizar. Sabía también que, aunque hubiera estado felizmente casada durante mucho tiempo, de alguna manera no verbalizada, incluso profunda, ella sentía lo mismo por él. Marten levantó la mirada bruscamente cuando la puerta de la habitación se abrió de par en par. Una enfermera robusta entró seguida de dos hombres vestidos
con traje oscuro. El primero era ancho de espaldas, de cuarenta y pocos años, y tenía el pelo oscuro y rizado. —Tendrá que marcharse, por favor, señor —le dijo, respetuosamente. —El presidente viene para aquí —dijo la enfermera de manera cortante, con una actitud brusca y autoritaria que hacía pensar que de pronto se había erigido en comandante de los hombres trajeados. Como un auténtico miembro del Servicio Secreto.
En aquel mismo instante, Marten sintió que la mano de Caroline apretaba la suya. Bajó la vista y vio que tenía los ojos abiertos. Estaban bien abiertos, con la mirada clara, y miraban a los suyos de la misma
manera en que lo hicieron la primera vez que se encontraron, en el instituto, cuando ambos tenían dieciséis años. —Te quiero —le susurró.
—Yo también te quiero —le respondió él, con el mismo susurro. Caroline lo siguió mirando medio segundo más, luego cerró los ojos y su mano se relajó. —Por favor, señor, tiene que marcharse ahora —dijo el primer tipo de traje. En aquel mismo instante, un hombre alto, delgado, de pelo gris y con un traje azul marino cruzó el umbral de la habitación. No había duda de quién era: John Henry Harris, el presidente de los Estados Unidos.
Marten le miró directamente. —Por favor —dijo, a media voz—, permítanme quedarme un momento a solas con ella… Acaba de… —la palabra se le quedó trabada en la garganta— morir. La mirada de los hombres permaneció en suspenso durante un brevísimo instante. —Por supuesto —dijo el presidente, con tono sereno y reverente. Luego, haciéndoles un gesto a sus guardaespaldas del Servicio Secreto, se volvió y salió de la habitación.

Al cabo de treinta minutos, con la cabeza gacha para protegerse del mundo, apenas consciente de en qué dirección andaba, Nicholas Marten recorría las calles casi desiertas de la ciudad un domingo por la noche.
Trataba de no pensar en Caroline. Trataba de no reconocer el dolor que le decía que ya no existía. Trataba de no pensar que hacía sólo un poco más de tres semanas que ella había perdido a su marido y a su hijo. Trató de alejar de su mente la idea de que tal vez le hubieran administrado intencionadamente algo que le provocó la fatal infección. «Me han hecho algo.» Su voz le retumbó de pronto en la cabeza como si acabara de oírla. Resonaba con la misma fuerza y vulnerabilidad y rabia que lo había
hecho cuando lo llamó a Inglaterra. «Me han hecho algo.» Las palabras de Caroline surgieron de nuevo, intentando alcanzarle todavía, tratando de persuadirle sin ninguna duda de que no se había puesto simplemente enferma, sino que la habían asesinado. Lo que era aquel «algo», o al menos lo que ella creía que era, y cómo había empezado, se lo contó durante el primero de los dos únicos momentos lúcidos que había tenido desde su llegada.

Ocurrió durante el doble funeral de su marido, Mike Parsons, un respetado miembro del Congreso originario de California, de cuarenta y dos años, que estaba en su segunda legislatura, y de su hijo, Charlie.
Convencida de contar con la suficiente fortaleza para aguantar hasta el final, había invitado a numerosos amigos a su casa para que la acompañaran a celebrar las vidas de sus dos seres más queridos. Pero la conmoción del momento, unida a la casi insoportable presión que significaba el funeral y a la aglomeración de gentes bien intencionadas, acabaron por superarla y la llevaron a hundirse. Se retiró en medio de un mar de lágrimas y al borde de la histeria y se encerró en su habitación, mientras le gritaba a la gente que se marchara y se negaba siquiera a abrir la puerta. El capellán del Congreso y pastor de su iglesia, el
reverendo Rufus Beck, se contaba entre los dolientes y se encargó de que avisaran de inmediato a la médico personal de Caroline, la doctora Lorraine Stephenson. Ésta acudió rápidamente y, con la ayuda del pastor,
convenció a Caroline de que abriera la puerta de la habitación.
A los pocos minutos le había inyectado, como explicó más tarde Caroline, «algún tipo de sedante». Cuando se despertó, se encontraba en una habitación de una clínica privada, en la que Stephenson le había recetado varios días de descanso y donde, según sus propias palabras, «nunca volví a sentirme como antes». Marten dobló por una calle oscura y luego por otra, reviviendo mentalmente las horas que había compartido con ella en el hospital. Con la excepción del otro momento en el que ella se despertó y le habló, Caroline estuvo todo el tiempo dormida, y él se quedó a su lado velándole el sueño. Durante aquellas largas horas, el personal sanitario que controlaba su estado había entrado y salido, y hubo breves visitas de amigos durante las cuales Marten se limitó a presentarse
y a salir de la habitación en silencio. Hubo también otros dos visitantes, las personas que se implicaron de inmediato cuando Caroline se
vino abajo en su casa. La primera fue la visita a primera hora de la mañana de la mujer que le había administrado el «sedante» y le había recetado la estancia en la clínica: su médico personal, la doctora Lorraine
Stephenson, una mujer alta y guapa de cincuenta y pico años. Stephenson bromeó brevemente con él, luego consultó el cuadro clínico de Caroline, le auscultó el corazón y los pulmones con el estetoscopio y se marchó.El segundo visitante fue el capellán del Congreso, Rufus Beck, que acudió más avanzado el día. Beck, un afroamericano corpulento, discreto y de
discurso delicado, acudió acompañado de una joven y atractiva mujer de raza blanca y pelo oscuro que llevaba la bolsa de una cámara fotográfica colgada de un hombro y que se mantuvo casi todo el rato en segundo
plano. Al igual que Stephenson, el reverendo Beck se presentó a Marten e intercambiaron unas breves palabras. Luego se sumió unos momentos en sus plegarias mientras Caroline dormía, antes de despedirse de Marten y marcharse de nuevo con la joven.

Empezó a lloviznar y Marten se detuvo a subirse el cuello de la cazadora para protegerse.A lo lejos pudo ver la aguja erguida del monumento a Washington. Fue la primera vez que tuvo una sensación concreta de
dónde se encontraba.Washington no era sólo el interior de una habitación de la unidad de cuidados intensivos de un hospital, sino una gran metrópolis que resultaba además ser la capital de los Estados Unidos de América. No había estado allí hasta ese momento, a
pesar de que antes de huir a Inglaterra había pasado toda su vida en California y pudo haberla visitado. Por alguna razón, el simple hecho de estar allí le hacía sentir una profunda sensación de pertenencia, al país de uno, a la tierra natal. Era una emoción que nunca antes
había experimentado y le llevó a preguntarse si algún día llegaría el momento en el que podría regresar de la vida de exiliado que vivía en Manchester. Marten siguió andando. Mientras lo hacía, advirtió
que un coche avanzaba lentamente hacia él. El hecho de que las calles estuvieran prácticamente desiertas hacía que el ritmo del vehículo pareciera extraño. Era casi la madrugada de un domingo y llovía,
¿no era más lógico que el conductor de uno de los pocos vehículos que circulaban estuviera ansioso por llegar a su destino? El coche pasó por su lado y él lo miró. El conductor era varón y difícil de describir; mediana edad y pelo oscuro. El auto avanzó y Marten observó cómo seguía calle abajo, sin cambiar de velocidad. Tal vez el tipo estuviera borracho
o drogado o —de pronto, la reflexión se volvió personal—, tal vez fuera alguien que acababa de perder a un ser muy querido y no tuviera ni idea de dónde estaba o de qué estaba haciendo, aparte de simplemente avanzar.

Los pensamientos de Marten volvieron a Caroline. Había sido la esposa de un respetado miembro del Congreso que en Washington se convirtió en una figura muy popular, además de ser amigo de la infancia del presidente, y a raíz de la repentina y trágica muerte de su marido y su hijo vio cómo la comunidad política la arropó con todos sus recursos. Eso le
hacía preguntarse por qué ella podía pensar que le habían «hecho algo»; por qué podía llegar a imaginar que le habían podido inocular deliberada-mente la enfermedad que acabaría con su vida. De manera metódica, Marten trató de analizar el estado mental de Caroline en los últimos dos días. En especial, pensó en el segundo momento en que estuvo despierta; cuando le tomó la mano y lo miró a los ojos. —Nicholas —le dijo, débilmente—.Yo… —Tenía la boca seca y le costaba respirar. Hablar le requería un esfuerzo enorme—.Yo tenía que… haber estado… en ese avión con… mi marido y mi… hijo. Hubo un… cambio de planes… de última hora… y yo volví a… Washington… un día antes. —Lo miró con fuerza—. Han matado a… mi marido y mi… hijo… y ahora… a mí. —¿De quién estás hablando? ¿Quiénes? —la apremió delicadamente, tratando de obtener información más precisa. —Los… ca… —dijo. Intentó hablar más pero fue todo lo que pudo pronunciar. Ya sin fuerzas, se tumbó y se quedó dormida. Y durmió justo hasta aquellos últimos instantes de su vida, cuando abrió los ojos y lo miró a los suyos y le dijo que le amaba. Ahora que lo pensaba, se daba cuenta de que lo poco que le había dicho había llegado en dos partes, una bastante separada de la otra. La primera le había llegado fraccionada: que originalmente ella debía ir en el avión accidentado con su marido y su hijo, pero un cambio de última hora la llevó de regreso a Washington un día antes; lo que ocurrió en su casa después de los funerales; y finalmente, lo que ella le dijo cuando lo llamó a Inglaterra, advirtiéndole de que se estaba muriendo de una infección de estafilococos provocada por una cepa de bacterias contra la que no había tratamiento, que estaba segura que le habían inyectado deliberadamente. «Los ca…» Sobre qué había empezado a decir cuando le pidió que se explicara mejor, y a quién se refería cuando hablaba de su asesinato, Marten no tenía ni idea. La segunda parte del mensaje de Caroline llegó a través de los balbuceos que pronunció durante el sueño. La mayor parte habían sido palabras cotidianas, como el nombre de su marido, Mike, o su hijo Charlie, o su hermana Katy, o mensajes como «Charlie, por favor, baja la tele» o «el martes tienes clase». Pero también dijo otras cosas. Parecían ir dirigidas a su marido y estaban llenas de alarma o miedo o ambas cosas a la vez: «Mike, ¿qué ocurre», «estás asustado, lo noto», «¿por qué no me dices lo que está pasando? », «son los otros, ¿no?». Y lo último, una exclamación asustada y repentina: «El hombre del pelo blanco no me gusta». Esa última parte la conocía porque formaba parte de la historia que Caroline le había contado cuando lo llamó a Manchester y le pidió que fuera. —Empecé a tener fiebre al día siguiente de despertarme en la clínica —le dijo—. Empeoré y me hicieron pruebas.Vino un hombre con el pelo blanco y me dijeron que era un especialista, pero a mí no me gustaba. Todo en él me daba miedo: la manera de mirarme, la manera de tocarme la cara y las piernas con sus dedos largos y asquerosos, y aquel horrible pulgar con su diminuta cruz de bolas. Le pregunté por qué estaba allí y lo que hacía, pero nunca me contestó. Más tarde me descubrieron la infección de algún tipo de estafilococos en el hueso de la pierna derecha e intentaron tratarme con antibióticos, pero no me hicieron efecto. Nada me ha hecho efecto. Marten siguió andando. La lluvia caía con más fuerza pero él apenas se daba cuenta. Toda su atención estaba centrada en Caroline. Se habían conocido en el instituto; fueron al mismo college convencidos de que más tarde se casarían y tendrían hijos y pasarían juntos el resto de sus vidas. Y entonces, un verano, ella se marchó y conoció a un joven abogado llamado Mike Parsons. Después de aquello, su vida y la de ella cambiaron para siempre. Pero, a pesar del dolor que eso le provocó, de la profundidad de la herida, su amor por ella jamás disminuyó. Con el tiempo, Mike y él se hicieron amigos, y Marten contó a Mike lo que sólo Caroline y unos pocos más sabían: quién era realmente y por qué se había visto obligado a abandonar su trabajo como investigador de homicidios en el departamento de Policía de Los Ángeles, y a marcharse al norte de Inglaterra a vivir bajo una identidad falsa como arquitecto paisajista. Ahora lamentaba no haber acudido al funeral de Mike y del niño, como había sido su deseo. Si lo hubiera hecho, hubiera estado allí cuando ella tuvo el ataque de ansiedad y cuando fue a verla la doctora Stephenson. Pero no lo hizo, y eso había sido cosa de Caroline; ella le dijo que estaba rodeada de amigos, que su hermana y su cuñado irían desde su casa en Hawai y que, teniendo en cuenta el peligro que suponía su propia situación, era mejor que permaneciera donde estaba. Se reunirían más adelante, le dijo. Más tarde, cuando las cosas se hubieran calmado. En aquel momento, a Marten le pareció que ella estaba bien. Tal vez conmocionada, pero bien, y con la fuerza interior para seguir adelante que siempre había tenido. Y entonces ocurrió todo aquello. Dios, cómo la había amado. Cómo la seguía amando. Cómo la amaría siempre. Siguió andando, pensando solamente en eso.

Finalmente se dio cuenta de la lluvia y de que estaba prácticamente empapado. Supo que tenía que encontrar el camino hasta su hotel y miró a su alrededor, tratando de situarse. Y entonces lo vio: un edificio iluminado a lo lejos. Una estructura clavada en su memoria desde la infancia, desde la historia, por los periódicos, por la televisión, por el cine, por todo. La Casa Blanca. En aquel preciso instante la trágica pérdida de Caroline lo atrapó. Y bajo la lluvia y la oscuridad, y sin ninguna vergüenza, se puso a llorar.