The Machiavelli Covenant

Allan Folsom
La conspiración Maquiavelo

ISBN-13: 978-0-765-31305-8

 

A la venta el 7 de mayo de 2007

Entrevista con el autor

Una charla con Allan Folsom, autor de
La conspiración Maquiavelo

 

¿Es un golpe de Estado posible en un país como los Estados Unidos? ¿Podría pasar hoy, o mañana?
Depende del golpe, de quién esté detrás y de cómo se gestionara. Tal y como sucede en La conspiración Maquiavelo, si el presidente no hubiera arriesgado su propia vida para detener el golpe, hay muchas posibilidades de que hubiera prosperado, porque la gente que está detrás son los altos mandos del poder estadounidense, tanto a nivel político como militar, y lo controlan todo. Y si hubiera prosperado, nadie se habría enterado nunca de que había ocurrido.

Irónicamente, si el presidente hubiera accedido a las exigencias y la conjura hubiera salido adelante tal y como se planeaba —todo Oriente Medio arrasado por un brote de enfermedad letal de aparición repentina, aparentemente natural pero desconocida hasta entonces, y luego metido rápidamente bajo el mando de La Conspiración disfrazada de un enorme Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas –aprobado, liderado por los EE.UU., protegido militarmente, con respuesta médica y humanitaria— hay muchas posibilidades de que al final, John Henry Harris hubiera sido considerado no sólo como el presidente, sino como una especie de rey; tal habría sido el poder de su despliegue en público de preocupación, capacidad de mando e influencia sobre el Consejo de Seguridad, y le habría dado una popularidad sin precedentes ante la mayoría de los ciudadanos de Estados Unidos y, probablemente, del resto del mundo. Por no hablar de la adulación exagerada dentro de la propia Conspiración.

 

Si un golpe así sucediera y el presidente de los Estados Unidos desapareciera secretamente para salvarse él mismo, al país y a buena parte del mundo libre, ¿cuál sería la respuesta dentro de su círculo inmediato?

Suponiendo que su círculo inmediato fuera el que está conspirando contra él, ¡su respuesta sería una guerra sin cuartel para detenerle! Pero se trataría de una guerra muy secreta, ejecutada con mucha cautela y totalmente clandestina, tomando a las agencias secretas gubernamentales pensadas para proteger a un presidente en funciones y utilizándolas contra él, haciéndoles creer que actúan para salvarle la vida, ya sea de unas fuerzas hostiles desconocidas que lo han secuestrado, o de él mismo, insinuando que ha sufrido un colapso mental repentino y que se ha vuelto loco.

 

¿Es posible o es una quimera que el presidente de verdad sea tan honesto y comunicativo como el presidente John Henry Harris en su libro?
Es posible sabe distinguir el bien del mal, si tiene el coraje y la valentía de seguir sus propios instintos, abandonar la política, ignorar a sus críticos más despiadados y a la opinión pública. El presidente debería también ignorar completamente el efecto que sus acciones pueden tener en su papel en la Historia, cuando el destino de la nación (y tal vez del mundo) está directamente en sus manos.

¿Una quimera? Dependería de la persona que llevara el timón en el momento y de la gravedad de la prueba misma. Lo que viene inmediatamente a la memoria es la respuesta de la administración Kennedy durante la crisis de los misiles cubanos, una confrontación muy severa y vertiginosa con la Unión Soviética que duró dos semanas y que muy bien podía haber acabado en guerra nuclear.


 

Usted ha trabajado de manera muy próxima con gente del Brookings Institute, un importante think tank en Washington, y también con agentes del Servicio Secreto para pulir los detalles de este libro. ¿Nos puede contar algo de esta experiencia?
No estuve con el Brookings Institute propiamente dicho sino con Ron Nessen, quien tiene un cargo muy respetado en el mismo. Como tal vez recuerde, Ron fue el secretario de prensa de la Casa Blanca durante la administración Ford y era, y en muchos aspectos sigue siendo, un buen conocedor de cómo opera la Casa Blanca, en particular de la manera que tiene de hacer circular la información hacia los medios de comunicación.
El personal del Servicio Secreto con el que he trabajado ha preferido no ser identificado públicamente. Al fin y al cabo, son el Servicio Secreto. Con todo, sus contínuos consejos y asesoría técnica durante toda la redacción del manuscrito me han sido de suma utilidad. A pesar de que no estaban del todo autorizados a revelar cuáles habrían sido sus tácticas en cada una de las circunstancias, me han sido muy útiles a la hora de resolver la estrategia general, de saber qué otras agencias estarían implicadas, y al señalarme lugares y situaciones en los que me estaba equivocando. Uno de los ejercicios cotidianos del Servicio Secreto, en especial en los destacamentos asignados a la protección del presidente y el vicepresidente, es jugar al qué pasaría. ¿qué pasaría si el presidente anduviera por este pasillo y de pronto se abriera una puerta lateral inesperadamente? ¿qué pasaría si estuviera saliendo del edificio y se produjera un desastre natural repentino, como un terremoto?
En la situación creada por las iniciativas de John Henry Harris en La conspiración Maquiavelo he podido darles un importantísimo qué pasaría. Uno que creo que no se les había ocurrido antes. ¿qué pasaría si el presidente de pronto decidiera marcharse por su cuenta, sin decirle nada a nadie, y al mismo tiempo conociera a la perfección el modus operandi de sus custodiadores porque tiene acceso total a los detalles secretos de su forma de trabajar? ¿qué pasaría si eligiera cuidadosamente un lugar y una hora y huyera de una manera que pareciera altamente improbable, o casi imposible? ¿qué pasaría si no se dieran cuenta de su desaparición hasta varias horas más tarde? ¿qué pasaría?

Éste es precisamente el juego del qué pasaría que les presenté, y ellos se mostraron totalmente entusiasmados y me apoyaron mucho a la hora de desarrollarlo. El resultado final es que probablemente he puesto la mala semilla en la cabeza de cualquier futuro presidente que pueda decidir darle juego a una idea así.

 

La historia tiene lugar principalmente en España. ¿Cómo investigó usted sus tácticas de seguridad?

Un agente especial del Servicio Secreto estadounidense me concertó una entrevista en Barcelona, donde sucede la mayor parte de la acción, con miembros de los mossos d’esquadra, la policía estatal [autonómica] catalana. Tuve una reunión muy intensa con ellos y más tarde mantuvimos el contacto por teléfono y por e-mail. Mis preguntas eran muy similares a las que les hacía al Servicio Secreto. La diferencia era que, como miembros oficiales del país anfitrión, España, estarían trabajando bajo la dirección del SAIC del Servicio Secreto, el agente especial al mando del destacamento presidencial. A través de ellos me enteré de las distintas agencias españolas de refuerzo de la ley y de la seguridad que se implicarían en un caso así y, hasta el grado que me podían contar, de cómo operarían. Uno de los oficiales me comentó, mientras almorzábamos, que mis preguntas «deberían formar parte del examen de ingreso en el cuerpo de policía».

 

Trata usted con mucho detalle los sistemas de satélite para localizar a personas, los archivos telefónicos, etc. utilizados para encontrar al presidente Harris. ¿Qué opina de la vigilancia no restringida de ciudadanos?


Para aparcar su pregunta un segundo, lo que tenemos en La conspiración Maquiavelo es un presidente de los EE.UU. que ha desaparecido. Esto es algo que, al menos que se sepa o que alguien quiera reconocer, no ha sucedido jamás. Como resultado, no se ahorran ni se ahorrarían medios para encontrarlo. El problema, por supuesto, era y sería mantener la situación en secreto para la opinión pública y, por tanto, para la prensa, durante el mayor tiempo posible mientras tiene lugar su búsqueda enorme y exhaustiva.

En cuanto al tema de la vigilancia sin restricciones de ciudadanos, creo que no podemos tener ninguna ley que no tenga restricciones, a menos que queramos convertirnos en un estado totalitario. Alguien tiene que vigilar a los que vigilan.

 

¿Cree usted que hay algo de verdad en las teorías de la conspiración que dicen que hay una o varias sociedades secretas —la Comisión Trilateral o los Illuminati me vienen a la cabeza— que existen únicamente para hacerse con el control de los gobiernos del mundo?


Puede añadir organizaciones como Skull & Bones, el Club Bilderberg o hasta los masones a la lista de sociedades secretas o semisecretas. Globalmente hay cientos más. La mayoría están formadas históricamente por gente de clase privilegiada y están asociadas de alguna manera al concepto de patriotismo. En general, son sociedades que pasan de generación en generación, pensadas principalmente para preservar el status quo. En otras palabras, estas asociaciones tan cerradas, sólo para sus miembros, están pensadas deliberadamente para proteger un estilo de vida, puesto que son conscientes de todo lo que pueden perder si no lo hacen.
La idea de verlas tomar el poder gubernamental parece contraria a su estructura general. ¿Quién puede querer estar al frente de un gobierno si el gobierno ya le proporciona lo que necesita? Que básicamente, como decía antes, es la preservación del status quo para poder gozar al máximo de él. Esto no es lo mismo que decir que no pueden, ni lo hacen, ciertas direcciones que un gobierno puede estar tomando, pero eso ocurre normalmente a través del propio sistema político, sencillamente dando apoyo o «influenciando» a sus favoritos, ya sean políticos con cargo, opositores o programas de gobierno, militares o sociales.

En cuanto a una sociedad todavía más poderosa y secreta que las mencionadas y como la que creo en La conspiración Maquiavelo, ¿por qué no? Todo niño tiene un progenitor y si uno quiere entrar en las maneras en que estas cosas se pueden mantener en la clandestinidad, no hay que mirar más allá que las supersecretas agencias gubernamentales como la CIA, NSA, MI6, el antiguo KGB y la Stasi, y agencias como éstas han existido durante siglos y de las cuales serían sin duda reclutados los «soldados» y los «técnicos» de La conspiración Maquiavelo.

 

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